martes, 5 de mayo de 2015

La señorita Cora



We'll send your love to college, all for a year or two, 
 And then perhaps in time the boy will do for you.
 -The trees that grow so high. 

(Canción folclórica inglesa.) 

 No entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y al cabo soy su madre y el doctor De Luisi nos recomendó personalmente al director. Podrían traer un sofá cama y yo lo acompañaría para que se vaya acostumbrando, entró tan pálido el pobrecito como si fueran a operarlo en seguida, yo creo que es ese olor de las clínicas, su padre también estaba nervioso y no veía la hora de irse, pero yo estaba segura de que me dejarían con el nene. Después de todo tiene apenas quince años y nadie se los daría, siempre pegado a mí aunque ahora con los pantalones largos quiere disimular y hacerse el hombre grande. La impresión que le habrá hecho cuando se dio cuenta de que no me dejaban quedarme, menos mal que su padre le dio charla, le hizo poner el piyama y meterse en la cama. Y todo por esa mocosa de enfermera, yo me pregunto si verdaderamente tiene órdenes de los médicos o si lo hace por pura maldad. Pero bien que se lo dije, bien que le pregunté si estaba segura de que tenía que irme. No hay más que mirarla para darse cuenta de quién es, con esos aires de vampiresa y ese delantal ajustado, una chiquilina de porquería que se cree la directora de la clínica. Pero eso sí, no se la llevó de arriba, le dije lo que pensaba y eso que el nene no sabía donde meterse de vergüenza y su padre se hacía el desentendido y de paso seguro que le miraba las piernas como de costumbre. Lo único que me consuela es que el ambiente es bueno, se nota que es una clínica para personas pudientes; el nene tiene un velador de lo más lindo para leer sus revistas, y por suerte su padre se acordó de traerle caramelos de menta que son los que más le gustan. Pero mañana por la mañana, eso sí, lo primero que hago es hablar con el doctor De Luisi para que la ponga en su lugar a esa mocosa presumida. Habrá que ver si la frazada lo abriga bien al nene, voy a pedir que por las dudas le dejen otra a mano. Pero sí, claro que me abriga, menos mal que se fueron de una vez, mamá cree que soy un chico y me hace hacer cada papelón. Seguro que la enfermera va a pensar que no soy capaz de pedir lo que necesito, me miró de una manera cuando mamá le estaba protestando... Está bien, si no la dejaban quedarse qué le vamos a hacer, ya soy bastante grande para dormir solo de noche, me parece. Y en esta cama se dormirá bien, a esta hora ya no se oye ningún ruido, a veces de lejos el zumbido del ascensor que me hace acordar a esa película de miedo que también pasaba en una clínica, cuando a medianoche se abría poco a poco la puerta y la mujer paralítica en la cama veía entrar al hombre de la máscara blanca... La enfermera es bastante simpática, volvió a las seis y media con unos papeles y me empezó a preguntar mi nombre completo, la edad y esas cosas. Yo guardé la revista en seguida porque hubiera quedado mejor estar leyendo un libro de veras y no una fotonovela, y creo que ella se dio cuenta pero no dijo nada, seguro que todavía estaba enojada por lo que le había dicho mamá y pensaba que yo era igual que ella y que le iba a dar órdenes o algo así. Me preguntó si me dolía el apéndice y le dije que no, que esa noche estaba muy bien. "A ver el pulso", me dijo, y después de tomármelo anotó algo más en la planilla y la colgó a los pies de la cama. "¿Tenés hambre?", me preguntó, y yo creo que me puse colorado porque me tomó de sorpresa que me tuteara, es tan joven que me hizo impresión. Le dije que no, aunque era mentira porque a esa hora siempre tengo hambre. "Esta noche vas a cenar muy liviano", dijo ella, y cuando quise darme cuenta ya me había quitado el paquete de caramelos de menta y se iba. No sé si empecé a decirle algo, creo que no. Me daba una rabia que me hiciera eso como a un chico, bien podía haberme dicho que no tenía que comer caramelos, pero llevárselos... Seguro que estaba furiosa por lo de mamá y se desquitaba conmigo, de puro resentida; qué sé yo, después que se fue se me pasó de golpe el fastidio, quería seguir enojado con ella pero no podía. Qué joven es, clavado que no tiene ni diecinueve años, debe haberse recibido de enfermera hace muy poco. A lo mejor viene para traerme la cena; le voy a preguntar cómo se llama, si va a ser mi enfermera tengo que darle un nombre. Pero en cambio vino otra, una señora muy amable vestida de azul que me trajo un caldo y bizcochos y me hizo tomar unas pastillas verdes. También ella me preguntó cómo me llamaba y si me sentía bien, y me dijo que en esta pieza dormiría tranquilo porque era una de las mejores de la clínica, y es verdad porque dormí hasta casi las ocho en que me despertó una enfermera chiquita y arrugada como un mono pero muy amable, que me dijo que podía levantarme y lavarme pero antes me dio un termómetro y me dijo que me lo pusiera como se hace en estas clínicas, y yo no entendí porque en casa se pone debajo del brazo, y entonces me explicó y se fue. Al rato vino mamá y qué alegría verlo tan bien, yo que me temía que hubiera pasado la noche en blanco el pobre querido, pero los chicos son así, en la casa tanto trabajo y después duermen a pierna suelta aunque estén lejos de su mamá que no ha cerrado los ojos la pobre. El doctor De Luisi entró para revisar al nene y yo me fui un momento afuera porque ya está grandecito, y me hubiera gustado encontrármela a la enfermera de ayer para verle bien la cara y ponerla en su sitio nada más que mirándola de arriba a abajo, pero no había nadie en el pasillo. Casi en seguida salió el doctor De Luisi y me dijo que al nene iban a operarlo a la mañana siguiente, que estaba muy bien y en las mejores condiciones para la operación, a su edad una apendicitis es una tontería. Le agradecí mucho y aproveché para decirle que me había llamado la atención la impertinencia de la enfermera de la tarde, se lo decía porque no era cosa de que a mi hijo fuera a faltarle la atención necesaria. Después entré en la pieza para acompañar al nene que estaba leyendo sus revistas y ya sabía que lo iban a operar al otro día. Como si fuera el fin del mundo, me mira de un modo la pobre, pero si no me voy a morir, mamá, haceme un poco el favor. Al Cacho le sacaron el apéndice en el hospital y a los seis días ya estaba queriendo jugar al fútbol. Andate tranquila que estoy muy bien y no me falta nada. Sí, mamá, sí, diez minutos queriendo saber si me duele aquí o mas allá, menos mal que se tiene que ocupar de mi hermana en casa, al final se fue y yo pude terminar la fotonovela que había empezado anoche. La enfermera de la tarde se llama la señorita Cora, se lo pregunté a la enfermera chiquita cuando me trajo el almuerzo; me dieron muy poco de comer y de nuevo pastillas verdes y unas gotas con gusto a menta; me parece que esas gotas hacen dormir porque se me caían las revistas de la mano y de golpe estaba soñando con el colegio y que íbamos a un picnic con las chicas del normal como el año pasado y bailábamos a la orilla de la pileta, era muy divertido. Me desperté a eso de las cuatro y media y empecé a pensar en la operación, no que tenga miedo, el doctor De Luisi dijo que no es nada, pero debe ser raro la anestesia y que te corten cuando estás dormido, el Cacho decía que lo peor es despertarse, que duele mucho y por ahí vomitás y tenés fiebre. El nene de mamá ya no está tan garifo como ayer, se le nota en la cara que tiene un poco de miedo, es tan chico que casi me da lástima. Se sentó de golpe en la cama cuando me vio entrar y escondió la revista debajo de la almohada. La pieza estaba un poco fría y fui a subir la calefacción, después traje el termómetro y se lo di. "¿Te lo sabes poner?", le pregunté, y las mejillas parecía que iban a reventársele de rojo que se puso. Dijo que sí con la cabeza y se estiró en la cama mientras yo bajaba las persianas y encendía el velador. Cuando me acerqué para que me diera el termómetro seguía tan ruborizado que estuve a punto de reírme, pero con los chicos de esa edad siempre pasa lo mismo, les cuesta acostumbrarse a esas cosas. Y para peor me mira en los ojos, por qué no le puedo aguantar esa mirada si al final no es más que una mujer, cuando saqué el termómetro de debajo de las frazadas y se lo alcancé, ella me miraba y yo creo que se sonreía un poco, se me debe notar tanto que me pongo colorado, es algo que no puedo evitar, es más fuerte que yo. Después anotó la temperatura en la hoja que está a los pies de la cama y se fue sin decir nada. Ya casi no me acuerdo de lo que hablé con papá y mamá cuando vinieron a verme a las seis. Se quedaron poco porque la señorita Cora les dijo que había que prepararme y que era mejor que estuviese tranquilo la noche antes. Pensé que mamá iba a soltarle alguna de las suyas pero la miró nomás de arriba abajo, y papá también pero yo al viejo le conozco las miradas, es algo muy diferente. Justo cuando se estaba yendo la oí a mamá que le decía a la señorita Cora: "Le agradeceré que lo atienda bien, es un niño que ha estado siempre muy rodeado por su familia", o alguna idiotez por el estilo, y me hubiera querido morir de rabia, ni siquiera escuché lo que le contestó la señorita Cora, pero estoy seguro de que no le gustó, a lo mejor piensa que me estuve quejando de ella o algo así. Volvió a eso de las seis y media con una mesita de esas de ruedas llena de frascos y algodones, y no sé por qué de golpe me dio un poco de miedo, en realidad no era miedo pero empecé a mirar lo que había en la mesita, toda clase de frascos azules o rojos, tambores de gasa y también pinzas y tubos de goma, el pobre debía estar empezando a asustarse sin la mamá que parece un papagayo endomingado, le agradeceré que atienda bien al nene, mire que he hablado con el doctor De Luisi, pero sí, señora, se lo vamos a atender como a un príncipe. Es bonito su nene, señora, con esas mejillas que se le arrebolan apenas me ve entrar. Cuando le retiré las frazadas hizo un gesto como para volver a taparse, y creo que se dio cuenta de que me hacía gracia verlo tan pudoroso. "A ver, bajate el pantalón del piyama", le dije sin mirarlo en la cara. "¿El pantalón?", preguntó con una voz que se le quebró en un gallo. "Si, claro, el pantalón", repetí, y empezó a soltar el cordón y a desabotonarse con unos dedos que no le obedecían. Le tuve que bajar yo misma el pantalón hasta la mitad de los muslos, y era como me lo había imaginado. "Ya sos un chico crecidito", le dije, preparando la brocha y el jabón aunque la verdad es que poco tenía para afeitar. "¿Cómo te llaman en tu casa?", le pregunté mientras lo enjabonaba. "Me llamo Pablo", me contestó con una voz que me dio lástima, tanta era la vergüenza. "Pero te darán algún sobrenombre", insistí, y fue todavía peor porque me pareció que se iba a poner a llorar mientras yo le afeitaba los pocos pelitos que andaban por ahí. "¿Así que no tenés ningún sobrenombre? Sos el nene solamente, claro." Terminé de afeitarlo y le hice una seña para que se tapara, pero él se adelantó y en un segundo estuvo cubierto hasta el pescuezo. "Pablo es un bonito nombre", le dije para consolarlo un poco; casi me daba pena verlo tan avergonzado, era la primera vez que me tocaba atender a un muchachito tan joven y tan tímido, pero me seguía fastidiando algo en él que a lo mejor le venía de la madre, algo más fuerte que su edad y que no me gustaba, y hasta me molestaba que fuera tan bonito y tan bien hecho para sus años, un mocoso que ya debía creerse un hombre y que a la primera de cambio sería capaz de soltarme un piropo. Me quedé con los ojos cerrados, era la única manera de escapar un poco de todo eso, pero no servía de nada porque justamente en ese momento agregó: "¿Así que no tenés ningún sobrenombre. Sos el nene solamente, claro", y yo hubiera querido morirme, o agarrarla por la garganta y ahogarla, y cuando abrí los ojos le vi el pelo castaño casi pegado a mi cara porque se había agachado para sacarme un resto de jabón, y olía a shampoo de almendra como el que se pone la profesora de dibujo, o algún perfume de esos, y no supe qué decir y lo único que se me ocurrió fue preguntarle: "¿Usted se llama Cora, verdad?" Me miró con aire burlón, con esos ojos que ya me conocían y que me habían visto por todos lados, y dijo: "La señorita Cora." Lo dijo para castigarme, lo sé, igual que antes había dicho: "Ya sos un chico crecidito", nada más que para burlarse. Aunque me daba rabia tener la cara colorada, eso no lo puedo disimular nunca y es lo peor que me puede ocurrir, lo mismo me animé a decirle: "Usted es tan joven que... Bueno, Cora es un nombre muy lindo." No era eso, lo que yo había querido decirle era otra cosa y me parece que se dio cuenta y le molestó, ahora estoy seguro de que está resentida por culpa de mamá, yo solamente quería decirle que era tan joven que me hubiera gustado poder llamarla Cora a secas, pero cómo se lo iba a decir en ese momento cuando se había enojado y ya se iba con la mesita de ruedas y yo tenía unas ganas de llorar, esa es otra cosa que no puedo impedir, de golpe se me quiebra la voz y veo todo nublado, justo cuando necesitaría estar más tranquilo para decir lo que pienso. Ella iba a salir pero al llegar a la puerta se quedó un momento como para ver si no se olvidaba de alguna cosa, y yo quería decirle lo que estaba pensando pero no encontraba las palabras y lo único que se me ocurrió fue mostrarle la taza con el jabón, se había sentado en la cama y después de aclararse la voz dijo: "Se le olvida la taza con el jabón", muy seriamente y con un tono de hombre grande. Volví a buscar la taza y un poco para que se calmara le pasé la mano por la mejilla. "No te aflijas, Pablito", le dije. "Todo irá bien, es una operación de nada." Cuando lo toqué echó la cabeza atrás como ofendido, y después resbaló hasta esconder la boca en el borde de las frazadas. Desde ahí, ahogadamente, dijo: "Puedo llamarla Cora, ¿verdad?" Soy demasiado buena, casi me dio lástima tanta vergüenza que buscaba desquitarse por otro lado, pero sabía que no era el caso de ceder porque después me resultaría difícil dominarlo, y a un enfermo hay que dominarlo o es lo de siempre, los líos de María Luisa en la pieza catorce o los retos del doctor De Luisi que tiene un olfato de perro para esas cosas. "Señorita Cora", me dijo tomando la taza y yéndose. Me dio una rabia, unas ganas de pegarle, de saltar de la cama y echarla a empujones, o de... Ni siquiera comprendo cómo pude decirle: "Si yo estuviera sano a lo mejor me trataría de otra manera." Se hizo la que no oía, ni siquiera dio vuelta la cabeza, y me quedé solo y sin ganas de leer, sin ganas de nada, en el fondo hubiera querido que me contestara enojada para poder pedirle disculpas porque en realidad no era lo que yo había pensado decirle, tenía la garganta tan cerrada que no sé cómo me habían salido las palabras, se lo había dicho de pura rabia pero no era eso, o a lo mejor sí pero de otra manera. Y sí, son siempre lo mismo, una los acaricia, les dice una frase amable, y ahí nomás asoma el machito, no quieren convencerse de que todavía son unos mocosos. Esto tengo que contárselo a Marcial, se va a divertir y cuando mañana lo vea en la mesa de operaciones le va a hacer todavía más gracia, tan tiernito el pobre con esa carucha arrebolada, maldito calor que me sube por la piel, cómo podría hacer para que no me pase eso, a lo mejor respirando hondo antes de hablar, que sé yo. Se debe haber ido furiosa, estoy seguro de que escuchó perfectamente, no sé cómo le dije eso, yo creo que cuando le pregunté si podía llamarla Cora no se enojó, me dijo lo de señorita porque es su obligación pero no estaba enojada, la prueba es que vino y me acarició la cara; pero no, eso fue antes, primero me acarició y entonces yo le dije lo de Cora y lo eché todo a perder. Ahora estamos peor que antes y no voy a poder dormir aunque me den un tubo de pastillas. La barriga me duele de a ratos, es raro pasarse la mano y sentirse tan liso, lo malo es que me vuelvo a acordar de todo y del perfume de almendras, la voz de Cora, tiene una voz muy grave para una chica tan joven y linda, una voz como de cantante de boleros, algo que acaricia aunque esté enojada. Cuando oí pasos en el corredor me acosté del todo y cerré los ojos, no quería verla, no me importaba verla, mejor que me dejara en paz, sentí que entraba y que encendía la luz del cielo raso, se hacía el dormido como un angelito, con una mano tapándose la cara, y no abrió los ojos hasta que llegué al lado de la cama. Cuando vio lo que traía se puso tan colorado que me volvió a dar lástima y un poco de risa, era demasiado idiota realmente. "A ver, m'hijito, bájese el pantalón y dese vuelta para el otro lado", y el pobre a punto de patalear como haría con la mamá cuando tenía cinco años, me imagino, a decir que no y a llorar y a meterse debajo de las cobijas y a chillar, pero el pobre no podía hacer nada de eso ahora, solamente se había quedado mirando el irrigador y después a mí que esperaba, y de golpe se dio vuelta y empezó a mover las manos debajo de las frazadas pero no atinaba a nada mientras yo colgaba el irrigador en la cabecera, tuve que bajarle las frazadas y ordenarle que levantara un poco el trasero para correrle mejor el pantalón y deslizarle una toalla. "A ver, subí un poco las piernas, así está bien, echate más de boca, te digo que te eches más de boca, así." Tan callado que era casi como si gritara, por una parte me hacía gracia estarle viendo el culito a mi joven admirador, pero de nuevo me daba un poco de lástima por él, era realmente como si lo estuviera castigando por lo que me había dicho. "Avisá si está muy caliente", le previne, pero no contestó nada, debía estar mordiéndose un puño y yo no quería verle la cara y por eso me senté al borde de la cama y esperé a que dijera algo, pero aunque era mucho líquido lo aguantó sin una palabra hasta el final, y cuando terminó le dije, y eso sí se lo dije para cobrarme lo de antes: "Así me gusta, todo un hombrecito", y lo tapé mientras le recomendaba que aguantase lo más posible antes de ir al baño. "¿Querés que te apague la luz o te la dejo hasta que te levantes?", me preguntó desde la puerta. No sé cómo alcancé a decirle que era lo mismo, algo así, y escuché el ruido de la puerta al cerrarse y entonces me tapé la cabeza con las frazadas y qué le iba a hacer, a pesar de los cólicos me mordí las dos manos y lloré tanto que nadie, nadie puede imaginarse lo que lloré mientras la maldecía y la insultaba y le clavaba un cuchillo en el pecho cinco, diez, veinte veces, maldiciéndola cada vez y gozando de lo que sufría y de cómo me suplicaba que la perdonase por lo que me había hecho. Es lo de siempre, che Suárez, uno corta y abre, y en una de esas la gran sorpresa. Claro que a la edad del pibe tiene todas las chances a su favor, pero lo mismo le voy a hablar claro al padre, no sea cosa que en una de esas tengamos un lío. Lo más probable es que haya una buena reacción, pero ahí hay algo que falla, pensá en lo que pasó al comienzo de la anestesia: parece mentira en un pibe de esa edad. Lo fui a ver a las dos horas y lo encontré bastante bien si pensás en lo que duró la cosa. Cuando entró el doctor De Luisi yo estaba secándole la boca al pobre, no terminaba de vomitar y todavía le duraba la anestesia pero el doctor lo auscultó lo mismo y me pidió que no me moviera de su lado hasta que estuviera bien despierto. Los padres siguen en la otra pieza, la buena señora se ve que no está acostumbrada a estas cosas, de golpe se le acabaron las paradas, y el viejo parece un trapo. Vamos, Pablito, vomitá si tenés ganas y quejate todo lo que quieras, yo estoy aquí, sí, claro que estoy aquí, el pobre sigue dormido pero me agarra la mano como si se estuviera ahogando. Debe creer que soy la mamá, todos creen eso, es monótono. Vamos, Pablo, no te muevas así, quieto que te va a doler más, no, dejá las manos tranquilas, ahí no te podes tocar. Al pobre le cuesta salir de la anestesia. Marcial me dijo que la operación había sido muy larga. Es raro, habrán encontrado alguna complicación: a veces el apéndice no está tan a la vista, le voy a preguntar a Marcial esta noche. Pero sí, m'hijito, estoy aquí, quéjese todo lo que quiera pero no se mueva tanto, yo le voy a mojar los labios con este pedacito de hielo en una gasa, así se le va pasando la sed. Si, querido, vomitá más, aliviate todo lo que quieras. Qué fuerza tenés en las manos, me vas a llenar de moretones, sí, sí, llorá si tenés ganas, llorá, Pablito, eso alivia, llorá y quejate, total estás tan dormido y creés que soy tu mamá. Sos bien bonito, sabés, con esa nariz un poco respingada y esas pestañas como cortinas, parecés mayor ahora que estás tan pálido. Ya no te pondrías colorado por nada, verdad, mi pobrecito. Me duele, mamá, me duele aquí, dejame que me saque ese peso que me han puesto, tengo algo en la barriga que pesa tanto y me duele, mamá, decile a la enfermera que me saque eso. Sí, m'hijito, ya se le va a pasar, quédese un poco quieto, por qué tendrás tanta fuerza, voy a tener que llamar a María Luisa para que me ayude. Vamos, Pablo, me enojo si no te estás quieto, te va a doler mucho más si seguís moviéndote tanto. Ah, parece que empezás a darte cuenta, me duele aquí, señorita Cora, me duele tanto aquí, hágame algo por favor, me duele tanto aquí, suélteme las manos, no puedo más, señorita Cora, no puedo más. Menos mal que se ha dormido el pobre querido, la enfermera me vino a buscar a las dos y media y me dijo que me quedara un rato con él que ya estaba mejor, pero lo veo tan pálido, ha debido perder tanta sangre, menos mal que el doctor De Luisi dijo que todo había salido bien. La enfermera estaba cansada de luchar con él, yo no entiendo por qué no me hizo entrar antes, en esta clínica son demasiado severos. Ya es casi de noche y el nene ha dormido todo el tiempo, se ve que está agotado, pero me parece que tiene mejor cara, un poco de color. Todavía se queja de a ratos pero ya no quiere tocarse el vendaje y respira tranquilo, creo que pasará bastante buena noche. Como si yo no supiera lo que tengo que hacer, pero era inevitable; apenas se le pasó el primer susto a la buena señora le salieron otra vez los desplantes de patrona, por favor que al nene no le vaya a faltar nada por la noche, señorita. Decí que te tengo lástima, vieja estúpida, si no ya ibas a ver cómo te trataba. Las conozco a éstas, creen que con una buena propina el último día lo arreglan todo. Y a veces la propina ni siquiera es buena, pero para qué seguir pensando, ya se mandó mudar y todo está tranquilo. Marcial, quedate un poco, no ves que el chico duerme, contame lo que pasó esta mañana. Bueno, si estás apurado lo dejamos para después. No, mirá que puede entrar María Luisa, aquí no, Marcial. Claro, el señor se sale con la suya, ya te he dicho que no quiero que me beses cuando estoy trabajando, no está bien. Parecería que no tenemos toda la noche para besarnos, tonto. Andate. Váyase le digo, o me enojo. Bobo, pajarraco. Sí, querido, hasta luego. Claro que sí. Muchísimo. Está muy oscuro pero es mejor, no tengo ni ganas de abrir los ojos. Casi no me duele, qué bueno estar así respirando despacio, sin esas náuseas. Todo está tan callado, ahora me acuerdo que vi a mamá, me dijo no sé qué, yo me sentía tan mal. Al viejo lo miré apenas, estaba a los pies de la cama y me guiñaba un ojo, el pobre siempre el mismo. Tengo un poco de frío, me gustaría otra frazada. Señorita Cora, me gustaría otra frazada. Pero sí estaba ahí, apenas abrí los ojos la vi sentada al lado de la ventana leyendo un revista. Vino en seguida y me arropó, casi no tuve que decirle nada porque se dio cuenta en seguida. Ahora me acuerdo, yo creo que esta tarde la confundía con mamá y que ella me calmaba, o a lo mejor estuve soñando. ¿Estuve soñando, señorita Cora? Usted me sujetaba las manos, ¿verdad? Yo decía tantas pavadas, pero es que me dolía mucho, y las náuseas... Discúlpeme, no debe ser nada lindo ser enfermera. Sí, usted se ríe pero yo sé, a lo mejor la manché y todo. Bueno, no hablaré más. Estoy tan bien así, ya no tengo frío. No, no me duele mucho, un poquito solamente. ¿Es tarde, señorita Cora? Sh, usted se queda calladito ahora, ya le he dicho que no puede hablar mucho, alégrese de que no le duela y quédese bien quieto. No, no es tarde, apenas las siete. Cierre los ojos y duerma. Así. Duérmase ahora. Sí, yo querría pero no es tan fácil. Por momentos me parece que me voy a dormir, pero de golpe la herida me pega un tirón o todo me da vueltas en la cabeza, y tengo que abrir los ojos y mirarla, está sentada al lado de la ventana y ha puesto la pantalla para leer sin que me moleste la luz. ¿Por qué se quedará aquí todo el tiempo? Tiene un pelo precioso, le brilla cuando mueve la cabeza. Y es tan joven, pensar que hoy la confundí con mamá, es increíble. Vaya a saber qué cosas le dije, se debe haber reído otra vez de mí. Pero me pasaba hielo por la boca, eso me aliviaba tanto, ahora me acuerdo, me puso agua colonia en la frente y en el pelo, y me sujetaba las manos para que no me arrancara el vendaje. Ya no está enojada conmigo, a lo mejor mamá le pidió disculpas o algo así, me miraba de otra manera cuando me dijo: "Cierre los ojos y duérmase." Me gusta que me mire así, parece mentira lo del primer día cuando me quitó los caramelos. Me gustaría decirle que es tan linda, que no tengo nada contra ella, al contrario, que me gusta que sea ella la que me cuida de noche y no la enfermera chiquita. Me gustaría que me pusiera otra vez agua colonia en el pelo. Me gustaría que me pidiera perdón, que me dijera que la puedo llamar Cora. Se quedó dormido un buen rato, a las ocho calculé que el doctor De Luisi no tardaría y lo desperté para tomarle la temperatura. Tenía mejor cara y le había hecho bien dormir. Apenas vio el termómetro sacó una mano fuera de las cobijas, pero le dije que se estuviera quieto. No quería mirarlo en los ojos para que no sufriera pero lo mismo se puso colorado y empezó a decir que él podía muy bien solo. No le hice caso, claro, pero estaba tan tenso el pobre que no me quedó más remedio que decirle: "Vamos, Pablo, ya sos un hombrecito, no te vas a poner así cada vez, verdad?" Es lo de siempre, con esa debilidad no pudo contener las lágrimas; haciéndome la que no me daba cuenta anoté la temperatura y me fui a prepararle la inyección. Cuando volvió yo me había secado los ojos con la sábana y tenía tanta rabia contra mí mismo que hubiera dado cualquier cosa por poder hablar, decirle que no me importaba, que en realidad no me importaba pero que no lo podía impedir. "Esto no duele nada", me dijo con la jeringa en la mano. "Es para que duermas bien toda la noche." Me destapó y otra vez sentí que me subía la sangre a la cara, pero ella se sonrió un poco y empezó a frotarme el muslo con un algodón mojado. "No duele nada", le dije porque algo tenía que decirle, no podía ser que me quedara así mientras ella me estaba mirando. "Ya ves", me dijo sacando la aguja y frotándome con el algodón. "Ya ves que no duele nada. Nada te tiene que doler, Pablito." Me tapó y me pasó la mano por la cara. Yo cerré los ojos y hubiera querido estar muerto, estar muerto y que ella me pasara la mano por la cara, llorando. Nunca entendí mucho a Cora pero esta vez se fue a la otra banda. La verdad que no me importa si no entiendo a las mujeres, lo único que vale la pena es que lo quieran a uno. Si están nerviosas, si se hacen problema por cualquier macana, bueno nena, ya está, deme un beso y se acabó. Se ve que todavía es tiernita, va a pasar un buen rato antes de que aprenda a vivir en este oficio maldito, la pobre apareció esta noche con una cara rara y me costó media hora hacerle olvidar esas tonterías. Todavía no ha encontrado la manera de buscarle la vuelta a algunos enfermos, ya le pasó con la vieja del veintidós pero yo creía que desde entonces habría aprendido un poco, y ahora este pibe le vuelve a dar dolores de cabeza. Estuvimos tomando mate en mi cuarto a eso de las dos de la mañana, después fue a darle la inyección y cuando volvió estaba de mal humor, no quería saber nada conmigo. Le queda bien esa carucha de enojada, de tristona, de a poco se la fui cambiando, y al final se puso a reír y me contó, a esa hora me gusta tanto desvestirla y sentir que tiembla un poco como si tuviera frío. Debe ser muy tarde, Marcial. Ah, entonces puedo quedarme un rato todavía, la otra inyección le toca a las cinco y media, la galleguita no llega hasta las seis. Perdoname, Marcial, soy una boba, mirá que preocuparme tanto por ese mocoso, al fin y al cabo lo tengo dominado pero de a ratos me da lástima, a esa edad son tan tontos, tan orgullosos, si pudiera le pediría al doctor Suárez que me cambiara, hay dos operados en el segundo piso, gente grande, uno les pregunta tranquilamente si han ido de cuerpo, les alcanza la chata, los limpia si hace falta, todo eso charlando del tiempo o de la política, es un ir y venir de cosas naturales, cada uno está en lo suyo, Marcial, no como aquí, comprendés. Sí, claro que hay que hacerse a todo, cuántas veces me van a tocar chicos de esa edad, es una cuestión de técnica como decís vos. Sí, querido, claro. Pero es que todo empezó mal por culpa de la madre, eso no se ha borrado, sabés, desde el primer minuto hubo como un malentendido, y el chico tiene su orgullo y le duele, sobre todo que al principio no se daba cuenta de todo lo que iba a venir y quiso hacerse el grande, mirarme como si fueras vos, como un hombre. Ahora ya ni le puedo preguntar si quiere hacer pis, lo malo es que sería capaz de aguantarse toda la noche si yo me quedara en la pieza. Me da risa cuando me acuerdo, quería decir que sí y no se animaba, entonces me fastidió tanta tontería y lo obligué para que aprendiera a hacer pis sin moverse, bien tendido de espaldas. Siempre cierra los ojos en esos momentos pero es casi peor, está a punto de llorar o de insultarme, está entre las dos cosas y no puede, es tan chico, Marcial, y esa buena señora que lo ha de haber criado como un tilinguito, el nene de aquí y el nene de allí, mucho sombrero y saco entallado pero en el fondo el bebé de siempre, el tesorito de mamá. Ah, y justamente le vengo a tocar yo, el alto voltaje como decís vos, cuando hubiera estado tan bien con María Luisa que es idéntica a su tía y que lo hubiera limpiado por todos lados sin que se le subieran los colores a la cara. No, la verdad, no tengo suerte, Marcial. Estaba soñando con la clase de francés cuando encendió la luz del velador, lo primero que le veo es siempre el pelo, será porque se tiene que agachar para las inyecciones o lo que sea, el pelo cerca de mi cara, una vez me hizo cosquillas en la boca y huele tan bien, y siempre se sonríe un poco cuando me está frotando con el algodón, me frotó un rato largo antes de pincharme y yo le miraba la mano tan segura que iba apretando de a poco la jeringa, el líquido amarillo que entraba despacio, haciéndome doler. "No, no me duele nada." Nunca le podré decir: "No me duele nada, Cora." Y no le voy a decir señorita Cora, no se lo voy a decir nunca. Le hablaré lo menos que pueda y no la pienso llamar señorita Cora aunque me lo pida de rodillas. No, no me duele nada. No, gracias, me siento bien, voy a seguir durmiendo. Gracias. Por suerte ya tiene de nuevo sus colores pero todavía está muy decaído, apenas si pudo darme un beso, y a tía Esther casi no la miró y eso que le había traído las revistas y una corbata preciosa para el día en que lo llevemos a casa. La enfermera de la mañana es un amor de mujer, tan humilde, con ella sí da gusto hablar, dice que el nene durmió hasta las ocho y que bebió un poco de leche, parece que ahora van a empezar a alimentarlo, tengo que decirle al doctor Suárez que el cacao le hace mal, o a lo mejor su padre ya se lo dijo porque estuvieron hablando un rato. Si quiere salir un momento, señora, vamos a ver cómo anda este hombre. Usted quédese, señor Morán, es que a la mamá le puede hacer impresión tanto vendaje. Vamos a ver un poco, compañero. ¿Ahí duele? Claro, es natural. Y ahí, decime si ahí te duele o solamente está sensible. Bueno, vamos muy bien, amiguito. Y así cinco minutos, si me duele aquí, si estoy sensible más acá, y el viejo mirándome la barriga como si me la viera por primera vez. Es raro pero no me siento tranquilo hasta que se van, pobres viejos tan afligidos pero qué le voy a hacer, me molestan, dicen siempre lo que no hay que decir, sobre todo mamá, y menos mal que la enfermera chiquita parece sorda y le aguanta todo con esa cara de esperar propina que tiene la pobre. Mirá que venir a jorobar con lo del cacao, ni que yo fuese un niño de pecho. Me dan unas ganas de dormir cinco días seguidos sin ver a nadie, sobre todo sin ver a Cora, y despertarme justo cuando me vengan a buscar para ir a casa. A lo mejor habrá que esperar unos días más, señor Morán, ya sabrá por De Luisi que la operación fue más complicada de lo previsto, a veces hay pequeñas sorpresas. Claro que con la constitución de ese chico yo creo que no habrá problema, pero mejor dígale a su señora que no va a ser cosa de una semana como se pensó al principio. Ah, claro, bueno, de eso usted hablará con el administrador, son cosas internas. Ahora vos fijate si no es mala suerte, Marcial, anoche te lo anuncié, esto va a durar mucho más de lo que pensábamos. Sí, ya sé que no importa pero podrías ser un poco más comprensivo, sabés muy bien que no me hace feliz atender a ese chico, y a él todavía menos, pobrecito. No me mirés así, por qué no le voy a tener lástima. No me mirés así. Nadie me prohibió que leyera pero se me caen las revistas de la mano, y eso que tengo dos episodios por terminar y todo lo que me trajo tía Esther. Me arde la cara, debo de tener fiebre o es que hace mucho calor en esta pieza, le voy a pedir a Cora que entorne un poco la ventana o que me saque una frazada. Quisiera dormir, es lo que más me gustaría, que ella estuviese allí sentada leyendo una revista y yo durmiendo sin verla, sin saber que esta allí, pero ahora no se va a quedar más de noche, ya pasó lo peor y me dejarán solo. De tres a cuatro creo que dormí un rato, a las cinco justas vino con un remedio nuevo, unas gotas muy amargas. Siempre parece que se acaba de bañar y cambiar, está tan fresca y huele a talco perfumado, a lavanda. "Este remedio es muy feo, ya sé", me dijo, y se sonreía para animarme. "No, es un poco amargo, nada más", le dije. "¿Cómo pasaste el día?", me preguntó, sacudiendo el termómetro. Le dije que bien, que durmiendo, que el doctor Suárez me había encontrado mejor, que no me dolía mucho. "Bueno, entonces podés trabajar un poco", me dijo dándome el termómetro. Yo no supe qué contestarle y ella se fue a cerrar las persianas y arregló los frascos en la mesita mientras yo me tomaba la temperatura. Hasta tuve tiempo de echarle un vistazo al termómetro antes de que viniera a buscarlo. "Pero tengo muchísima fiebre", me dijo como asustado. Era fatal, siempre seré la misma estúpida, por evitarle el mal momento le doy el termómetro y naturalmente el muy chiquilín no pierde tiempo en enterarse de que está volando de fiebre. "Siempre es así los primeros cuatro días, y además nadie te mandó que miraras", le dije, más furiosa contra mí que contra él. Le pregunté si había movido el vientre y me dijo que no. Le sudaba la cara, se la sequé y le puse un poco de agua colonia; había cerrado los ojos antes de contestarme y no los abrió mientras yo lo peinaba un poco para que no le molestara el pelo en la frente. Treinta y nueve nueve era mucha fiebre, realmente. "Tratá de dormir un rato", le dije, calculando a qué hora podría avisarle al doctor Suárez. Sin abrir los ojos hizo un gesto como de fastidio, y articulando cada palabra me dijo: "Usted es mala conmigo, Cora." No atiné a contestarle nada, me quedé a su lado hasta que abrió los ojos y me miró con toda su fiebre y toda su tristeza. Casi sin darme cuenta estiré la mano y quise hacerle una caricia en la frente, pero me rechazó de un manotón y algo debió tironearle en la herida porque se crispó de dolor. Antes de que pudiera reaccionar me dijo en voz muy baja: "Usted no sería así conmigo si me hubiera conocido en otra parte." Estuve al borde de soltar una carcajada, pero era tan ridículo que me dijera eso mientras se le llenaban los ojos de lágrimas que me pasó lo de siempre, me dio rabia y casi miedo, me sentí de golpe como desamparada delante de ese chiquilín pretencioso. Conseguí dominarme (eso se lo debo a Marcial, me ha enseñado a controlarme y cada vez lo hago mejor), y me enderecé como si no hubiera sucedido nada, puse la toalla en la percha y tapé el frasco de agua colonia. En fin, ahora sabíamos a qué atenernos, en el fondo era mucho mejor así. Enfermera, enfermo, y pare de contar. Que el agua colonia se la pusiera la madre, yo tenía otras cosas que hacerle y se las haría sin más contemplaciones. No sé por qué me quedé más de lo necesario. Marcial me dijo cuando se lo conté que había querido darle la oportunidad de disculparse, de pedir perdón. No sé, a lo mejor fue eso o algo distinto, a lo mejor me quedé para que siguiera insultándome, para ver hasta dónde era capaz de llegar. Pero seguía con los ojos cerrados y el sudor le empapaba la frente y las mejillas, era como si me hubiera metido en agua hirviendo, veía manchas violeta y rojas cuando apretaba los ojos para no mirarla sabiendo que todavía estaba allí, y hubiera dado cualquier cosa para que se agachara y volviera a secarme la frente como si yo no le hubiera dicho eso, pero ya era imposible, se iba a ir sin hacer nada, sin decirme nada, y yo abriría los ojos y encontraría la noche, el velador, la pieza vacía, un poco de perfume todavía, y me repetiría diez veces, cien veces, que había hecho bien en decirle lo que le había dicho, para que aprendiera, para que no me tratara como a un chico, para que me dejara en paz, para que no se fuera. Empiezan siempre a la misma hora, entre seis y siete de la mañana, debe ser una pareja que anida en las cornisas del patio, un palomo que arrulla y la paloma que le contesta, al rato se cansan, se lo dije a la enfermera chiquita que viene a lavarme y a darme el desayuno, se encogió de hombros y dijo que ya otros enfermos se habían quejado de las palomas pero que el director no quería que las echaran. Ya ni sé cuánto hace que las oigo, las primeras mañanas estaba demasiado dormido o dolorido para fijarme, pero desde hace tres días escucho a las palomas y me entristecen, quisiera estar en casa oyendo ladrar a Milord, oyendo a tía Esther que a esta hora se levanta para ir a misa. Maldita fiebre que no quiere bajar, me van a tener aquí hasta quién sabe cuándo, se lo voy a preguntar al doctor Suárez esta misma mañana, al fin y al cabo podría estar lo más bien en casa. Mire, señor Morán, quiero ser franco con usted, el cuadro no es nada sencillo. No, señorita Cora, prefiero que usted siga atendiendo a ese enfermo, y le voy a decir por qué. Pero entonces. Marcial... Vení, te voy a hacer un café bien fuerte, mirá que sos potrilla todavía, parece mentira. Escuchá, vieja, he estado hablando con el doctor Suárez, y parece que el pibe... Por suerte después se callan, a lo mejor se van volando por ahí, por toda la ciudad, tienen suerte las palomas. Qué mañana interminable, me alegré cuando se fueron los viejos, ahora les da por venir más seguido desde que tengo tanta fiebre. Bueno, si me tengo que quedar cuatro o cinco días más aquí, qué importa. En casa sería mejor, claro, pero lo mismo tendría fiebre y me sentiría tan mal de a ratos. Pensar que no puedo ni mirar una revista, es una debilidad como si no me quedara sangre. Pero todo es por la fiebre, me lo dijo anoche el doctor De Luisi y el doctor Suárez me lo repitió esta mañana, ellos saben. Duermo mucho pero lo mismo es como si no pasara el tiempo, siempre es antes de las tres como si a mí me importaran las tres o las cinco. Al contrario, a las tres se va la enfermera chiquita y es una lástima porque con ella estoy tan bien. Si me pudiera dormir de un tirón hasta la medianoche sería mucho mejor. Pablo, soy yo, la señorita Cora. Tu enfermera de la noche que te hace doler con las inyecciones. Ya sé que no te duele, tonto, es una broma. Seguí durmiendo si querés, ya está. Me dijo: "Gracias" sin abrir los ojos, pero hubiera podido abrirlos, sé que con la galleguita estuvo charlando a mediodía aunque le han prohibido que hable mucho. Antes de salir me di vuelta de golpe y me estaba mirando, sentí que todo el tiempo me había estado mirando de espaldas. Volví y me senté al lado de la cama, le tomé el pulso, le arreglé las sábanas que arrugaba con sus manos de fiebre. Me miraba el pelo, después bajaba la vista y evitaba mis ojos. Fui a buscar lo necesario para prepararlo y me dejó hacer sin una palabra, con los ojos fijos en la ventana, ignorándome. Vendrían a buscarlo a las cinco y media en punto, todavía le quedaba un rato para dormir, los padres esperaban en la planta baja porque le hubiera hecho impresión verlos a esa hora. El doctor Suárez iba a venir un rato antes para explicarle que tenían que completar la operación, cualquier cosa que no lo inquietara demasiado. Pero en cambio mandaron a Marcial, me tomó de sorpresa verlo entrar así pero me hizo una seña para que no me moviera y se quedó a los pies de la cama leyendo la hoja de temperatura hasta que Pablo se acostumbrara a su presencia. Le empezó a hablar un poco en broma, armó la conversación como él sabe hacerlo, el frío en la calle, lo bien que se estaba en ese cuarto, él lo miraba sin decir nada, como esperando, mientras yo me sentía tan rara, hubiera querido que Marcial se fuera y me dejara sola con él, yo hubiera podido decírselo mejor que nadie, aunque quizá no, probablemente no. Pero si ya lo sé, doctor, me van a operar de nuevo, usted es el que me dio la anestesia la otra vez, y bueno, mejor eso que seguir en esta cama y con esta fiebre. Yo sabía que al final tendrían que hacer algo, por qué me duele tanto desde ayer, un dolor diferente, desde más adentro. Y usted, ahí sentada, no ponga esa cara, no se sonría como si me viniera a invitar al cine. Váyase con él y béselo en el pasillo, tan dormido no estaba la otra tarde cuando usted se enojó con él porque la había besado aquí. Váyanse los dos, déjenme dormir, durmiendo no me duele tanto. Y bueno, pibe, ahora vamos a liquidar este asunto de una vez por todas, hasta cuándo nos vas a estar ocupando una cama, che. Contá despacito, uno, dos, tres. Así va bien, vos seguí contando y dentro de una semana estás comiendo un bife jugoso en casa. Un cuarto de hora a gatas, nena, y vuelta a coser. Había que verle la cara a De Luisi, uno no se acostumbra nunca del todo a estas cosas. Mirá, aproveché para pedirle a Suárez que te relevaran como vos querías, le dije que estás muy cansada con un caso tan grave; a lo mejor te pasan al segundo piso si vos también le hablás. Está bien, hacé como quieras, tanto quejarte la otra noche y ahora te sale la samaritana. No te enojés conmigo, lo hice por vos. Sí, claro que lo hizo por mí pero perdió el tiempo, me voy a quedar con él esta noche y todas las noches. Empezó a despertarse a las ocho y medía, los padres se fueron en seguida porque era mejor que no los viera con la cara que tenían los pobres, y cuando llegó el doctor Suárez me preguntó en voz baja si quería que me relevara María Luisa, pero le hice una seña de que me quedaba y se fue. María Luisa me acompañó un rato porque tuvimos que sujetarlo y calmarlo, después se tranquilizó de golpe y casi no tuvo vómitos; está tan débil que se volvió a dormir sin quejarse mucho hasta las diez. Son las palomas, vas a ver, mamá, ya están arrullando como todas las mañanas, no sé por qué no las echan, que se vuelen a otro árbol. Dame la mano, mamá, tengo tanto frío. Ah, entonces estuve soñando, me parecía que ya era de mañana y que estaban las palomas. Perdóneme, la confundí con mamá. Otra vez desviaba la mirada, se volvía a su encono, otra vez me echaba a mí toda la culpa. Lo atendí como si no me diera cuenta de que seguía enojado, me senté junto a él y le mojé los labios con hielo. Cuando me miró, después que le puse agua colonia en las manos y la frente, me acerqué más y le sonreí. "Llamame Cora", le dije. "Yo sé que no nos entendimos al principio, pero vamos a ser tan buenos amigos, Pablo." Me miraba callado. "Decime: Sí, Cora." Me miraba, siempre. "Señorita Cora", dijo después, y cerró los ojos. "No, Pablo, no", le pedí, besándolo en la mejilla, muy cerca de la boca. "Yo voy a ser Cora para vos, solamente para vos." Tuve que echarme atrás, pero lo mismo me salpicó la cara. Lo sequé, le sostuve la cabeza para que se enjuagara la boca, lo volví a besar hablándole al oído. "Discúlpeme", dijo con un hilo de voz, "no lo pude contener". Le dije que no fuera tonto, que para eso estaba yo cuidándolo, que vomitara todo lo que quisiera para aliviarse. "Me gustaría que viniera mamá", me dijo, mirando a otro lado con los ojos vacíos. Todavía le acaricié un poco el pelo, le arreglé las frazadas esperando que me dijera algo, pero estaba muy lejos y sentí que lo hacía sufrir todavía más si me quedaba. En la puerta me volví y esperé; tenía los ojos muy abiertos, fijos en el cielo raso. "Pablito", le dije. "Por favor, Pablito. Por favor, querido." Volví hasta la cama, me agaché para besarlo; olía a frío, detrás del agua colonia estaba el vómito, la anestesia. Si me quedo un segundo más me pongo a llorar delante de él, por él. Lo besé otra vez y salí corriendo, bajé a buscar a la madre y a María Luisa; no quería volver mientras la madre estuviera allí, por lo menos esa noche no quería volver y después sabía demasiado bien que no tendría ninguna necesidad de volver a ese cuarto, que Marcial y María Luisa se ocuparían de todo hasta que el cuarto quedara otra vez libre.

Julio Cortázar

miércoles, 29 de abril de 2015



Médium

Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.

Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar; no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.

La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.

Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa... ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:

Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.

Le conocí en el Instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.

A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades, y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.

La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia. No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.

Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes tiestos de pitas.

Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.

Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.

La madre con su voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara...

-Hay que estudiar -dijo, a modo de conclusión, la madre.

Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.

Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.

Cuando concluimos el curso ya no veía a Román: estaba tranquilo: pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara, tan rara...

Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.

-¿Qué tienes? -le pregunté.

Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.

Luego, en voz baja, murmuró:

-Ha sido mi hermana.

-¡Ah! Ella...

-No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera de un lado a otro sin tocarlo.

Días después me contó, temblando de terror, que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie.

Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta..., llamaban..., abríamos..., nadie. Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida... ; llamaban..., nadie.

Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó..., y los dos nos miramos estremecidos de terror.

-Es mi hermana, mi hermana -dijo Román.

Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica: «Abracadabra.»

Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.

Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica. Todos los días íbamos a pasear juntos, y llevábamos la máquina en nuestras expediciones.

Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.

Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.

Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído. Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.

Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.

¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo... ¡Ah! ¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.


miércoles, 2 de julio de 2014



Rosa Montero
MI HOMBRE

Me he casado con un descuartizador de aguacates. Ya comprenderán que mi matrimonio es un fracaso. Cuando conocí a mi marido yo tenía diecinueve años. Por entonces estaba convencida de que el día más hermoso en la vida de una muchacha era el día de su boda, y cada vez que veía una novia me ponía a moquear de emoción como una tonta. Ahora tengo cuarenta y tres años y no me divorcio porque me da miedo vivir sola.


Él es un hombre muy bueno. Es decir, no me pega, no se gasta el sueldo en juegos ni apedrea a gatos callejeros. Por lo demás, es de un egoísta insoportable. Viene de la oficina y se tumba en el sofá delante de la tele. Yo también vengo de mi oficina, pero llego a casa dos horas más tarde y cargada como una mula con la compra del hiper. Que me ayudes, le digo. Que ahora voy, responde. Nunca dice que no directamente. Pero yo termino de subir las bolsas y él no ha meneado aún el culo del asiento. Voy a la sala, le grito, le insulto, manoteo en el aire, me rompo una uña. Él ni se inmuta. Entonces me siento en una silla en la cocina y me pongo a llorar. Al ratito, aparece en calcetines. "¿Qué hay de cena?", pregunta con voz inocente. Hago acopio de aire para soltarle una parrafada venenosa, pero él me intercepta con una habilidad nacida de años de práctica: "Ya sé, te voy a preparar una ensalada que te vas a chupar los dedos", exclama con cara de pillín. Esa ensalada de aguacates y nueces y manzana que tanto le gusta. Así que yo me amanso porque soy idiota y, aunque refunfuñando, le ayudo a sacar platos, la fruta, los cuchillos, y le ato a la espalda el delantal mientras él mantiene los brazos pomposamente estirados ante sí como si fuera un cirujano a punto de realizar una operación magistral a corazón abierto.

Entonces él empieza a pelar los aguacates y yo, por hacer algo, lavo y corto la lechuga, pico la cebolla, casco y parto las nueces, convierto las manzanas en pequeños cubitos. Le miro por el rabillo del ojo y él sigue pelando. De modo que saco las patatas, las mondo, las lavo, las corto finitas, que es como a él le gustan; cojo la sartén, echo el aceite, enciendo el fuego, frío primero las patatas bien doradas y luego hago también un par de huevos. El aceite chisporrotea y salta, y como no tengo puesto el delantal, me mancho de grasa la blusa. Le miro: él continúa hipertérrito, manipulando amorosamente su aguacate. Tan torpe, tan lento y tan inútil que más que cortar el fruto se diría que está practicándole una meticulosa autopsia. "Me tienes harta", le gruño. Y él me mira con cara de dignidad ofendida. "¡Y encima no me mires así!", chillo exasperada. Él frunce el ceño y se desanuda el delantal con parsimonia. Después se va a la sala y se deja caer en el sofá, frente al televisor, mientras se chupa el verdín que el aguacate ha dejado en sus dedos. Yo sé que ahora pondré la mesa como todas las noches y cenaremos sin decirnos apenas nada.

Lo más terrible es que, en nuestro fracaso como pareja, apenas si hay batallas de mayor envergadura que estos sórdidos conflictos domésticos. Y no es que me importe mucho hacerme cargo de las labores de la casa. Si hay que hacerlas, se hacen. No, lo que me amarga la vida es su presencia. Porque me encanta cocinar para mis hijas, por ejemplo, aunque, por desgracia, vienen poco a vernos; pero servirle a él me desespera. Será que le odio, no sé. Hay momentos en los que no soporto ni su manera de abrir el periódico.

No siempre fue así. Al principio todo era distinto. Él estudiaba dibujo lineal. Y soñaba con hacerse arquitecto. Quería ser alguien. Es más, yo creía que era alguien. Pero nunca se atrevió a dejar la gestoría. No sé cuándo le perdí la confianza, pero sé que me decepcionó. Y yo, para amar, necesito admirar al que ha de ser mi hombre. 

Claro que quizá yo también he cambiado. Antes la vida me parecía un lugar lleno de aventuras, y por las noches, mientras me dormía, la cabeza se me llenaba de imágenes felices. Luego se me pasó la juventud. Llega un día en el que te despiertas y te dices: Así que en esto consistía la vida. Poca cosa.

Le he engañado en dos ocasiones. Con dos compañeros de la oficina. Fue un desastre. Yo buscaba el amor a través de ellos y me temo que ellos sólo me buscaban a mí. Los dos estaban casados. Me sentí ridícula. Entre unos y otros, entre estas cosas y las demás, se me ha agriado el carácter. Yo de joven era muy alegre. Él me lo decía siempre: me encanta tu vitalidad. Y de novios, me llamaba Cascabelito. Ahora que lo pienso, quizá yo también haya sido una decepción: últimamente no hago otra cosa que gruñir, protestar y estar de morros todo el día.



A veces, sin embargo, me despierto de madrugada sin saber dónde estoy. Me rodea la oscuridad, me acosa el vértigo, me encuentro sola e indefensa en la inmensidad de un mundo hostil. Entonces mi brazo tropieza con una espalda suave y cálida. Y el rítmico sonido de una respiración muy conocida cae en mis oídos como un bálsamo. Es él, durmiendo a mi lado; reconozco su olor, su tacto y su tibieza. Poco a poco, las tinieblas dejan de ser tinieblas y la habitación comienza a reconstruirse a mi alrededor. La cotidianidad triunfa una vez más sobre el vacío. Se gira, abraza mi espalda, y medio dormida, contemplo cómo el alba pone una línea de luz sobre el tejado de las casas vecinas.

Y entonces, sólo entonces, me digo: Es mi hombre.



Gabriel García Márquez

El ahogado más hermoso del mundo


         Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
         Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
         No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
         Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
         No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
         —Tiene cara de llamarse Esteban.
         Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
         —¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
         Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
         Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
         Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.



En el viaje de novios 
Javier Marías

Mi mujer se había sentido indispuesta y habíamos regresado apresuradamente a la habitación del hotel, donde ella se había acostado con escalofríos y un poco de náusea y un poco de fiebre. No quisimos llamar enseguida a un médico por ver si se le pasaba y porque estábamos en nuestro viaje de novios, y en ese viaje no se quiere la intromisión de un extraño, aunque sea para un reconocimiento. Debía de ser un ligero mareo, un cólico, cualquier cosa. Estábamos en Sevilla, en un hotel que quedaba resguardado del tráfico por una explanada que lo separaba de la calle.
Mientras mi mujer se dormía (pareció dormirse cuando la acosté y la arropé), decidí mantenerme en silencio, y la mejor manera de lograrlo y no verme tentado a hacer ruido o hablarle por aburrimiento era asomarme al balcón y ver pasar a la gente, a los sevillanos, cómo caminaban y cómo vestían, cómo hablaban, aunque, por la relativa distancia de la calle y el tráfico, no oía más que un murmullo. Miré sin ver, como mira quien llega a una fiesta en la que sabe que la única persona que le interesa no estará allí porque se quedó en casa con su marido. Esa persona única estaba conmigo, a mis espaldas, velada por su marido.Yo miraba hacia el exteriory pensaba en el interior, pero de pronto individualicé a una persona, y la individualicé porque a diferencia de las demás, que pasaban un momento y desaparecían, esa persona permanecía inmóvil en su sitio. Era una mujer de unos treinta años de lejos, vestida con una blusa azul sin apenas mangas y una falda blanca y zapatos de tacón también blancos. Estaba esperando, su actitud era de espera inequívoca, porque de vez en cuando daba dos o tres pasos a derecha o izquierda, y en el último pasa arrastraba un poco el tacón afilado de un pie o del otro, un gesto de contenida impaciencia. Colgado del brazo llevaba un gran bolso, como los que en mi infancia llevaban las madres, mi madre, un gran bolso negro colgado del brazo anticuadamente, no echado al hombro como se llevan ahora. Tenía unas piernas robustas, que se clavaban sólidamente en el suelo cada vez que volvían a detenerse en el punto elegido para su espera tras el mínimo desplazamiento de dos o tres pasos y el tacón arrastrado del último paso. Eran tan robustas que anulaban o asimilaban esos tacones, eran ellas las que se hincaban sobre el pavimento, como navaja en madera mojada. A veces flexionaba una para mirarse detrás y alisarse la falda, como si temiera algún pliegue que le afeara el culo, o quizá se ajustaba las bragas rebeldes a través de la tela que las cubría.

Estaba anocheciendo, y la pérdida gradual de la luz me hizo verla cada vez más solitaria, más aislada y más condenada a esperar en vano. Su cita no llegaría. Se mantenía en medio de la calle, no se apoyaba en la pared como suelen hacer los que aguardan para no entorpecer el paso de los que no esperan y pasan, y por eso tenía problemas para esquivar a los transeúntes, alguno le dijo algo, ella le contestó con ira y le amagó con el bolso enorme.

De repente alzó la vista, hacia el tercer piso en que yo me encontraba, y me pareció que fijaba los ojos en mí por primera vez, Escrutó, como si fuera miope o llevara lentillas sucias, guiñaba un poco los ojos para ver mejor, me pareció que era a mí a quien miraba. Pero yo no conocía a nadie en Sevilla, es más, era la primera vez que estaba en Sevilla, en mi viaje de novios con mi mujer tan reciente, a mi espalda enferma, ojalá no fuera nada. Oí un murmullo procedente de la cama, pero no volvía la cabeza porque era un quejido que venía del sueño, uno aprende a distinguir enseguida el sonido dormido de aquel con quien duerme. La mujer había dado unos pasos, ahora en mi dirección, estaba cruzando la calle, sorteando los coches sin buscar un semáforo, como si quisiera aproximarse rápido para comprobar, para verme mejor a mi balcón asomado. Sin embargo, caminaba con dificultad y lentitud, como si los tacones le fueran desacostumbrados o sus piernas no estuvieran hechas para ellos, o la desequilibrara el bolso o estuviera mareada. Andaba como había andado mi mujer al sentirse indispuesta, al entrar en la habitación, yo la había ayudado a desvestirse y a meterse en la cama, la había arropado. La mujer de la calle acabó de cruzar, ahora estaba más cerca pero todavía a distancia, separada del hotel por la amplia explanada que lo alejaba del tráfico. Seguía con la vista alzada, mirando hacia mí o a mi altura, la altura del edificio a la que yo me hallaba. Y entonces hizo un gesto con el brazo, un gesto que no era de saludo ni de acercamiento, quiero decir de acercamiento a un extraño, sino de apropiación y reconocimiento, como si fuera yo la persona a quien había aguardado y su cita fuera conmigo. Era como si con aquel gesto del brazo, coronado por un remolino veloz de los dedos, quisiera asirme y dijera: "Tú ven acá", o "Eres mío". Al mismo tiempogritó algo que no pude oír, y por el movimiento de los labios sólo comprendí la primera palabra, que era "¡Eh!", dicha con indignación, como el resto de la frase que no me alcanzaba. Siguió avanzando, ahora se tocó la falda por detrás con más motivo, porque parecía que quien debía juzgar su figura ya estaba ante ella, el esperado podía apreciar ahora la caída de aquella falda. Y entonces ya pude oír lo que estaba diciendo: "¡Eh ¿Pero qué haces ahí? El grito era muy audible ahora, y vi a la mujer mejor. Quizá tenía más de treinta años, los ojos aún guiñados me parecieron claros, grises o color ciruela, los labios gruesos, la nariz algo ancha, las aletas vehementes por el enfado, debía de llevar mucho tiempo esperando, mucho más tiempo del transcurrido desde que yo la había individualizado. Caminaba trastabillada y tropezó y cayó al suelo de la explanada, manchándose en seguida la falda blanca y perdiendo uno de los zapatos. Se incorporó con esfuerzo, sin querer pisar el pavimento con el pie descalzo, como si temiera ensuciarse también la planta ahora que su cita había llegado, ahora que debía tener los pies limpios por si se los veía el hombre con quien había quedado. Logró calzarse el zapato sin apoyar el pie en el suelo, se sacudió la falda y gritó: "Pero qué haces ahí! ¿Por qué no me has dicho que ya habías subido? ¿No ves que llevo una hora esperándote?" (lo dijo con acento sevillano llano, con seseo). Y al tiempo que decía esto, volvió a hacer el gesto del asimiento, un golpe seco del brazo desnudo en el aire y el revoloteo de los dedos rápidos que lo acompañaba. Era como si me dijera "Eres mío" o "Yo te mato", y con su movimiento pudiera cogerme y luego arrastrarme, una zarpa. Esta vez gritó tanto y ya estaba tan cerca que temí que pudiera despertar a mi mujer en la cama.

-¿Qué pasa?- dijo mi mujer débilmente.

Me volví, estaba incorporada en la cama, con ojos de susto, como los de una enferma que se despierta y aún no ve nada ni sabe dónde está ni por qué se siente tan confusa. La luz estaba apagada. En aquellos momentos era una enferma.

-Nada, vuelve a dormirte- contesté yo.

Pero no me acerqué a acariciarle el pelo o tranquilizarla, como habría hecho en cualquier otra circunstancia, porque no podía apartarme del balcón, y apenas apartar la vista de aquella mujer que estaba convencida de haber quedado conmigo. Ahora me veía bien, y era indudable que yo era la persona con la que había convenido una cita importante, la persona que la había hecho sufrir en la espera y la había ofendido con mi prolongada ausencia. "¿No me has visto que te estaba esperando ahí desde hace una hora? ¡Por qué no me has dicho nada!, chillaba furiosa ahora, parada ante mi hotel y bajo mi balcón. "¡Tú me vas a oír! ¡Yo te mato!", gritó. Y de nuevo hizo el gesto con el brazo y los dedos, el gesto que me agarraba.

-¿Pero qué pasa?- volvió a preguntar mi mujer, aturdida desde la cama.

En ese momento me eché hacia atrás y entorné las puertas del balcón, pero antes de hacerlo pude ver que la mujer de la calle, con su enorme bolso anticuado y sus zapatos de tacón de aguja y sus piernas robustas y sus andares tambaleantes, desaparecía de mi campo visual porque entraba ya en el hotel, dispuesta a subir en mi busca y a que tuviera lugar la cita. Sentí un vacío al pensar en lo que podría decirle a mi mujer enferma para explicar la intromisión que estaba a punto de producirse. Estábamos en nuestro viaje de novios, y en ese viaje no se quiere la intromisión de un extraño, aunque yo no fuera un extraño, creo, para quien ya subía por las escaleras. Sentí un vacío y cerré el balcón. Me preparé para abrir la puerta.

Javier Marías, Cuando fui mortal



CARLOS FUENTES

UN ALMA PURA

A Berta Maldonado

Mais les manoeuvres inconscientes d’une âme
pure sont encore plus singulières que les
combinaisons du vice.
Raymond Radiguet, Le Bal du Comte d’Orgel


Juan Luis, pienso en ti cuando tomo mi lugar en el autobús que me llevará de la estación al aeropuerto. Me adelanté a propósito. No quiero conocer desde antes a las personas que realmente volarán con nosotros. Este es el pasaje de un vuelo de Alitalia a Milán; sólo dentro de una hora deberán abordar el autobús los viajeros de Air France a París, Nueva York y México. Es que temo llorar, descomponerme o hacer algo ridículo y después soportar miradas y comentarios durante dieciséis horas. Nadie tiene por qué saber nada. Tú también lo prefieres así, ¿no es cierto? Yo siempre pensaré que fue un acto secreto, que no lo hiciste por... No sé por qué pienso estas cosas. No tengo derecho a explicar nada en tu nombre. Y, quizá, tampoco en el mío. ¿Cómo voy a saber, Juan Luis? ¿Cómo voy a ofendernos afirmando o negando que, quizá, en ese instante, o durante un largo tiempo —no sé cómo ni cuándo lo decidiste; posiblemente desde la infancia; ¿por qué no?— fueron el despecho, el dolor, la nostalgia o la esperanza tus motivos? Hace frío. Está soplando ese viento helado de las montañas que pasa como un hálito de muerte sobre la ciudad y el lago. Me cubro la mitad del rostro con las solapas del abrigo para retener mi propio calor, aunque el autobús está calentado y ahora arranca suavemente, envuelto también en su vaho. Salimos de la estación de Cornavin por un túnel y yo sé que no veré más el lago y los puentes de Ginebra, pues el autobús desemboca a la carretera a espaldas de la estación y sigue alejándose del Léman, rumbo al aeropuerto. Pasamos por la parte fea de la ciudad, donde viven los trabajadores de temporada, llegados de Italia, de Alemania y de Francia a este paraíso donde no cayó una sola bomba, donde nadie fue torturado o asesinado o engañado. El propio autobús da esa sensación de pulcritud, de orden y de bienestar que tanto te llamó la atención desde que llegaste, y ahora que limpio con la mano la ventanilla empañada y veo estas casas pobretonas pienso que, a pesar de todo, no se ha de vivir mal en ellas. Suiza termina por confortarnos demasiado, decías en una carta; perdemos el sentido de los extremos, que en nuestro país son visibles e insultantes. Juan Luis: en tu última carta no necesitabas decirme —lo comprendo sin haberlo vivido: ése fue siempre nuestro lazo de unión— que ese orden de todo lo exterior —la puntualidad en los trenes, la honradez en el trato, la previsión del trabajo y el ahorro a lo largo de la vida— estaba exigiendo un desorden interno que lo compensara. Me estoy riendo, Juan Luis; detrás de una mueca que lucha por retener las lágrimas, empiezo a reír y todos los pasajeros a mirarme y a murmurar entre ellos; es lo que deseaba evitar; menos mal que éstos son los que van a Milán. Río pensando que saliste del orden de nuestra casa en México al desorden de tu libertad en Suiza. ¿Me entiendes? De la seguridad en el país de los puñales ensangrentados a la anarquía en el país de los relojes cucú. Dime si no tiene gracia. Perdón. Ya pasó. Trato de calmarme viendo las cumbres nevadas de los Jura, ese enorme acantilado gris que ahora busca en vano su reflejo en las aguas que de él nacieron. Tú me escribiste que en verano el lago es el ojo de los Alpes: los refleja, pero los transforma en una vasta catedral sumergida, y decías que al arrojarte al agua buceabas en busca de las montañas. ¿Sabes que tengo tus cartas conmigo? Las leí en el avión que me trajo de México y durante los días que he estado en Ginebra, durante los momentos libres que tuve. Y ahora las leeré de regreso. Sólo que en este viaje tú me acompañas.

Hemos viajado tanto juntos, Juan Luis. De niños íbamos todos los fines de semana a Cuernavaca, cuando mis papas todavía tenían esa casa cubierta de buganvilla. Me enseñaste a nadar y a montar en bicicleta. Nos íbamos los sábados en la tarde en bicicleta al pueblo y todo lo conocí por tus ojos. “Mira, Claudia, los volantines; mira, Claudia, miles de pájaros en los árboles; mira, Claudia, las pulseras de plata, los sombreros de charro, las nieves de limón, las estatuas verdes; ven, Claudia, vamos a la rueda de la fortuna.” Y para las fiestas de año nuevo, nos llevaban a Acapulco y tú me despertabas muy de madrugada y corríamos a la Playa de Hornos porque sabías que esa hora del mar era la mejor: sólo entonces los caracoles y los pulpos, las maderas negras y esculpidas, las botellas viejas aparecían arrojados por la marea, y tú y yo juntábamos todo lo que podíamos, aunque ya sabíamos que después no nos permitirían llevarlo a México y, realmente, esa cantidad de cosas inútiles no cabían en el coche. Es curioso que cada vez que deseo recordar cómo eras a los diez, a los trece, a los quince años, piense inmediatamente en Acapulco. Será porque durante el resto del año cada uno iba a su escuela y sólo en la costa, y festejando precisamente el paso de un año a otro, todas las horas del día eran nuestras. Allí representábamos. En los castillos de roca, donde yo era una prisionera de los ogros y tú subías con una espada de palo en la mano, gritando y batiéndote con los monstruos imaginarios para liberarme. En los galeones piratas —un esquife de madera— donde yo esperaba aterrada a que terminaras de batirte en el mar con los tiburones, que me amenazaban. En las selvas tupidas de Pie de la Cuesta, por donde avanzábamos tomados de la mano, en busca del tesoro secreto indicado en el plano que encontramos dentro de una botella. Acompañabas tus acciones tarareando una música de fondo inventada en el momento: dramática, en clímax perpetuo. Capitán Sangre, Sandokan, Ivanhoe: tu personalidad cambiaba con cada aventura; yo era siempre la princesa amenazada, sin nombre, idéntica a su nebuloso prototipo.

Sólo hubo un vacío: cuando tú cumpliste quince y yo sólo tenía doce y te dio vergüenza andar conmigo. Yo no entendí, porque te vi igual que siempre, delgado, fuerte, quemado, con el pelo castaño y rizado y enrojecido por el sol. Pero al año siguiente nos emparejamos y anduvimos juntos otra vez, ahora no recogiendo conchas o inventando aventuras, sino buscando la prolongación de un día que empezaba a parecemos demasiado corto y de una noche que nos vedaban, se convertía en nuestra tentación y era idéntica a las nuevas posibilidades de una vida recién descubierta, recién estrenada. Caminábamos por el Farallón después de la cena, tomados de la mano, sin hablar, sin mirar a los grupos que tocaban la guitarra alrededor de las fogatas o a las parejas que se besaban entre las rocas. No necesitábamos decir que los demás nos daban pena. Porque no necesitábamos decir que lo mejor del mundo era caminar juntos de noche, tomados de la mano, sin decir palabra, comunicándonos en silencio esa cifra, ese enigma que jamás, entre tú y yo, fue motivo de una burla o de una pedantería. Éramos serios sin ser solemnes, ¿verdad? Y posiblemente nos ayudábamos sin saberlo, de una manera que nunca he podido explicar bien, pero que tenía que ver con la arena caliente bajo nuestros pies descalzos, con el silencio del mar en la noche, con el roce de nuestras caderas mientras caminábamos, con tus nuevos pantalones blancos largos y entallados, con mi nueva falda roja y amplia: habíamos cambiado todo nuestro guardarropa y habíamos escapado de las bromas, las vergüenzas y la violencia de nuestros amigos. Sabes, Juan Luis, que muy pocos dejaron de tener catorce años—esos catorce años que no eran los nuestros. El machismo es tener catorce años toda la vida; es un miedo cruel. Tú lo sabes, porque tampoco lo pudiste evitar. En cambio, a medida que nuestra infancia quedaba atrás y tú probabas todas las experiencias comunes a tu edad quisiste evitarme a mí. Por eso te entendí cuando, después de años de no hablarme casi (pero te espiaba desde la ventana, te veía salir en un convertible lleno de amigos, llegar tarde y con náusea), cuando yo entré a Filosofía y Letras y tú a Economía, me buscaste, no en la casa, como hubiese sido natural, sino en la Facultad de Mascarones y me invitaste a tomar un café en aquel sótano caluroso y lleno de estudiantes una tarde.

Me acariciaste la mano y dijiste: —Perdóname, Claudia.

Yo sonreí y pensé que, de un golpe, regresaban todos los momentos de nuestra infancia, pero no para prolongarse, sino para encontrar un remate, un reconocimiento singular que al mismo tiempo los dispersaba para siempre.

—¿De qué? —te contesté—. Me da gusto que volvamos a hablar. No hace falta más. Nos hemos visto todos los días, pero era como si el otro no estuviera presente. Ahora me da gusto que volvamos a ser amigos, como antes.

—Somos más que amigos, Claudia. Somos hermanos.

—Sí, pero eso es un accidente. Ya ves, siendo hermanos nos hemos querido mucho de niños y después ni siquiera nos hemos hablado.

—Voy a irme, Claudia. Ya se lo dije a mi papá. No está de acuerdo. Cree que debo terminar la carrera. Pero yo necesito irme.

—¿A dónde?

—Conseguí un puesto con las Naciones Unidas en Ginebra. Allí puedo seguir estudiando. 

—Haces bien, Juan Luis.

Me dijiste lo que ya sabía. Me dijiste que no aguantabas más los prostíbulos, la enseñanza de memoria, la obligación de ser macho, el patriotismo, la religión de labios para afuera, la falta de buenas películas, la falta de verdaderas mujeres, compañeras de tu misma edad que vivieran contigo... Fue todo un discurso, dicho en voz muy baja, sobre esa mesa del café de Mascarones.

—Es que no se puede vivir aquí. Te lo digo en serio. Yo no quiero servir ni a Dios ni al diablo: quiero quemar los dos cabos. Y aquí no puedes, Claudia. Si solo quieres vivir, eres un traidor en potencia; aquí te obligan a servir, a tomar posiciones, es un país sin libertad de ser uno mismo. No quiero ser gente decente. No quiero ser cortés, mentiroso, muy macho, lambiscón, fino y sutil. Como México no hay dos... por fortuna. No quiero seguir de burdel en burdel. Luego, para toda la vida, tienes que tratar a las mujeres con un sentimentalismo brutal y dominante, porque nunca llegaste a entenderlas. No quiero.

—¿Y mamá que dice?

—Llorará. No tiene importancia. Llora por todo, ¿a poco no?

—¿Y yo, Juan Luis?

Sonrió infantilmente: —Vendrás a visitarme, Claudia, ¡jura que vendrás a verme!

No sólo vine a verte. Vine a buscarte, a llevarte de regreso a México. Y hace cuatro años, al despedirnos, sólo te dije:

—Recuérdame mucho. Busca la manera de estar siempre conmigo.

Sí, me escribiste rogándome que te visitara; tengo tus cartas. Encontraste un cuarto con baño y cocina en el lugar más bonito de Ginebra, la Place du Bourg-de-Four. Escribiste que estaba en un cuarto piso, en el centro de la parte vieja de la ciudad, desde donde podías ver los techos empinados, las torres de las iglesias, las ventanillas y los tragaluces estrechos, y más allá el lago que se perdía de vista, que llegaba hasta Vevey y Montreux y Chillon. Tus cartas estaban llenas del goce de la independencia. Tenías que hacer tu cama y barrer y prepararte el desayuno y bajar a la lechería de al lado. Y tomabas la copa en el café de la plaza. Hablaste tanto de él. Se llama La Clémence y tiene un toldo con franjas verdes y blancas y allí se da cita toda la gente que vale la pena frecuentar en Ginebra. Es muy estrecho: apenas seis mesas frente a una barra donde las empleadas sirven cassis vestidas de negro y a todo el mundo le dicen M’sieudame. Ayer me senté a tomar un café y estuve mirando a todos esos estudiantes con bufandas largas y gorras universitarias, a las muchachas hindús con los saris descompuestos por los abrigos de invierno, a los diplomáticos con rosetas en las solapas, a los actores que huyen de los impuestos y se refugian en un chalet a orillas del lago, a las jóvenes alemanas, chilenas, belgas, tunecinas, que trabajan en la oit. Escribiste que había dos Ginebras. La ciudad convencional y ordenada que Stendhal describió como una flor sin perfume; la habitan los suizos y es el telón de fondo de la otra, la ciudad de paso y exilio, la ciudad extranjera de encuentros accidentales, de miradas y conversaciones inmediatas, sin sujeción a las normas que los suizos se han dado liberando a los demás. Tenías veintitrés años al llegar aquí, y me imagino tu entusiasmo.

“Pero basta de eso (escribiste). Te tengo que decir que estoy tomando un curso de literatura francesa y allí conocí... Claudia, no te puedo explicar lo que siento y ni siquiera trato de hacerlo porque tú siempre me has comprendido sin necesidad de palabras. Se llama Irene, y no sabes cómo es de guapa y lista y simpática. Ella estudia la carrera de letras aquí y es francesa; qué curioso, estudia lo mismo que tú. Quizá por eso me gustó en seguida. Ja ja.” Creo que duró un mes. No recuerdo. Fue hace cuatro años. “Marie-José habla demasiado, pero me entretiene. Fuimos a pasar el fin de semana a Davos, y me puso en ridículo porque es una esquiadora formidable y yo no doy una. Dicen que hay que aprender desde niño. Te confieso que se me apretó y los dos regresamos a Ginebra el lunes como salimos el viernes, nada más que yo con un tobillo torcido. ¿No te da risa?” Luego llegó la primavera. “Doris es inglesa y pinta. Me parece que tiene verdadero talento. Aprovechamos las vacaciones de Pascua para irnos a Wengen. Dice que hace el amor para que su subconsciente trabaje, y salta de la cama a pintar sus gouaches con el picacho blanco de la Jungirau en frente. Abre las ventanas y respira hondo y pinta desnuda mientras yo tiemblo de frío. Se ríe mucho y dice que soy un ser tropical y subdesarrollado y me sirve kirsch para que me caliente.” Doris me dio risa durante el año que se estuvieron viendo. “Me hace falta su alegría, pero decidió que un año en Suiza era bastante y se fue con sus cajas y sus atriles a vivir a la isla de Míconos. Mejor. Me divertí, pero no es una mujer como Doris lo que me interesa.” Una se fue a Grecia y otra llegó de Grecia. “Sophía es la mujer más bella que he conocido, te lo juro. Ya sé que es un lugar común, pero parece una de las Cariátides. Aunque no en el sentido vulgar. Es una estatua porque la puedes observar desde todos los ángulos: la hago girar, desnuda, en el cuarto. Pero lo importante es el aire que la rodea, el espacio alrededor de la estatua, ¿me entiendes? Es el espacio que ocupa y que le permite ser bella. Es oscura, tiene las cejas muy espesas, y mañana, Claudia, se va con un tipo riquísimo a la Costa Azul. Desolado, pero satisfecho, tu hermano que te quiere, Juan Luis.”

Y Christine, Consuelo, Sonali, Marie-France, Ingrid... Las referencias fueron cada vez más breves, más desinteresadas. Diste en preocuparte por el trabajo y hablar mucho de tus compañeros, de sus tics nacionales, de sus relaciones contigo, del temario de las conferencias, de sueldos, viajes y hasta pensiones de retiro. No querías decirme que ese lugar, como todos, acaba por crear sus tranquilas convenciones y que tú ibas cayendo en las del funcionario internacional. Hasta que llegó una tarjeta con la panorámica de Montreux y tu letra apretada contando de la comida en un restaurant fabuloso y lamentando mi ausencia con dos firmas, tu garabato y un nombre ilegible, pero cuidadosamente repetido, debajo, en letras de molde: Claire.

Ah, sí, lo fuiste graduando. No la presentaste como a las otras. Primero fue un nuevo trabajo que te iban a encomendar. Después que se relacionaba con la siguiente sesión de un consejo. En seguida, que te gustaba tratar con nuevos compañeros, pero sentías nostalgia de los viejos. Luego que lo más difícil era acostumbrarse a los oficiales de documentos que no conocían tus hábitos. Por fin que habías tenido suerte en trabajar con un oficial “compatible”, y en la siguiente carta: se llama Claire. Y tres meses antes me habías enviado la tarjeta desde Montreux. Claire, Claire.

Te contesté: “Mon ami Pierrot.” ¿Ya no ibas a ser franco conmigo? ¿Desde cuando Claire? Quería saberlo todo. Exigía saberlo todo. Juan Luis, ¿no éramos los mejores amigos antes de ser hermanos? No escribiste durante dos meses. Entonces llegó un sobre con una foto dentro. Tú y ella con el alto surtidor detrás y el lago en verano; tú y ella apoyados contra la baranda. Tu brazo alrededor de su cintura. Ella, tan mona, con el suyo sobre el cantero lleno de flores. Pero la foto no era buena. Resultaba difícil juzgar el rostro de Claire. Delgada y sonriente, sí, una especie de Marina Vlady más flaca, pero con el mismo pelo liso, largo y rubio. Con tacones bajos. Un suéter sin mangas. Escotado.

Lo aceptaste sin explicarme nada. Primero las cartas contando hechos. Ella vivía en una pensión de la Rue Emile Jung. Su padre era ingeniero, viudo y trabajaba en Neuchâtel. Tú y Claire iban a nadar juntos a la playa. Tomaban té en La Clémence. Veían viejas películas francesas en un cine de la Rue Mollard. Cenaban los sábados en el Plat d’Argent y cada uno pagaba su cuenta. Entre semana, se servían en la cafetería del Palacio de las Naciones. A veces tomaban el tranvía y se iban a Francia. Hechos y nombres, nombres, nombres como en una guía: Quai des Berges, Gran’ Rue, Cave à Bob, Gare de Cornavin, Auberge de la Mére Royaume, Champelle, Boulevard des Bastions.

Después, conversaciones. El gusto de Claire por algunas películas, ciertas lecturas, los conciertos, y más nombres, ese río de sustantivos de tus cartas (Drôle de Drame y Les Enfants du Paradis, Scott Fitzgerald y Raymond Radiguet, Schumann y Brahms) y luego Claire dijo, Claire opina, Claire intuye. Los personajes de Carné viven la libertad como una conspiración vergonzosa. Fitzgerald inventó las modas, los gestos y las decepciones que nos siguen alimentando. El Réquiem Alemán celebra todas las muertes profanas. Sí, te contesté. Orozco acaba de morir y en Bellas Artes hay una gigantesca retrospectiva de Diego. Y más vueltas, todo transcrito, como te lo pedí.

—Cada vez que lo escucho, me digo que es como si nos diéramos cuenta que es necesario consagrar todo lo que hasta ahora ha sido condenado, Juan Luis; voltear el guante. ¿Quién nos mutiló, mi amor? Hay tan poco tiempo para recuperar todo lo que nos han robado. No, no me propongo nada, ¿ves? No hagamos planes. Creo lo mismo que Radiguet: las maniobras inconscientes de un alma pura son aún más singulares que las combinaciones del vicio.

¿Qué te podía contestar? Aquí lo de siempre, Juan Luis. Papá y mamá están tristísimos de que no nos acompañes para las bodas de plata. Papá ha sido ascendido a vicepresidente de la aseguradora y dice que es el mejor regalo de aniversario. Mamá, pobrecita, cada día inventa más enfermedades. Empezó a funcionar el primer canal de televisión. Estoy preparando los exámenes de tercer año. Sueño un poco con todo lo que tú vives; me hago la ilusión de encontrarlo en los libros. Ayer le contaba a Federico todo lo que haces, ves, lees y oyes, y pensamos que, quizá, al recibirnos podríamos ir a visitarte. ¿No piensas regresar algún día? Podías aprovechar las siguientes vacaciones, ¿no?

Escribiste que el otoño era distinto al lado de Claire. Salían a caminar mucho los domingos, tomados de la mano, sin hablar; quedaba en los parques un aroma final de jacintos podridos, pero ahora el olor de las hojas quemadas los perseguía durante esos largos paseos que te recordaban los nuestros por la playa hace años, porque ni tú ni Claire se atrevían a romper el silencio, por más cosas que se les ocurrieran, por más sugerencias que adelantara ese enigma de las estaciones quebradas en sus orillas, en su contacto de jazmines y hojas secas. Al final, el silencio. Claire, Claire —me escribiste a mí—, lo has entendido todo. Tengo lo que tuve siempre. Ahora lo puedo poseer. Ahora he vuelto a encontrarte, Claire.

Dije otra vez en mi siguiente carta que Federico y yo estábamos preparando juntos un examen y que iríamos a pasar el fin de año en Acapulco. Pero lo taché antes de enviarte la carta. En la tuya no preguntabas quién era Federico —y si pudieras hacerlo hoy, no sabría contestar—. Cuando llegaron las vacaciones, dije que no me pasaran más sus llamadas; ya no tuve que verlo en la escuela; fui sola, con mis papás, a Acapulco. No te conté nada de eso. Te dejé de escribir durante varios meses, pero tus cartas siguieron llegando. Ese invierno, Claire se fue a vivir contigo al cuarto de Bourg-de-Four. Para qué recordar las cartas que siguieron. Ahí vienen en la bolsa. “Claire, todo es nuevo. Nunca habíamos estado juntos al amanecer. Antes, esas horas no contaban; eran una parte muerta del día y ahora son las que no cambiaría por nada. Hemos vivido tan unidos siempre, durante las caminatas, en el cine, en los restaurants, en la playa, fingiendo aventuras, pero siempre vivíamos en cuartos distintos. ¿Sabes todo lo que hacía, solitario, pensando en ti? Ahora no pierdo esas horas. Paso toda la noche detrás de ti, con los brazos alrededor de tu cintura, con tu espalda pegada a mi pecho, esperando que amanezca. Tú ya sabes y me das la cara y me sonríes con los ojos cerrados, Claire, mientras yo aparto la sábana, olvido los rincones que tú has entibiado toda la noche y te pregunto si no es esto lo que habíamos deseado desde siempre, desde el principio, cuando jugamos y caminábamos en silencio y tomados de la mano. Teníamos que acostarnos bajo el mismo techo, en nuestra propia casa, ¿verdad? ¿Por qué no me escribes, Claudia? Te quiere, Juan Luis.”

Quizá recuerdes mis bromas. No era lo mismo quererse en una playa o en un hotel rodeado de lagos y nieve que vivir juntos todos los días. Además, trabajaban en la misma oficina. Acabarían por aburrirse. La novedad se perdería. Despertar juntos. No era muy agradable, en realidad. Ella verá cómo te lavas los dientes. Tú la verás desmaquillarse, untarse cremas, ponerse las ligas... Creo que has hecho mal, Juan Luis. ¿No ibas en busca de la independencia? ¿Para qué te has echado esa carga encima? En ese caso, más te hubiera valido quedarte en México. Pero por lo visto es difícil huir de las convenciones en las que nos han criado. En el fondo, aunque no hayas cumplido las formas, estás haciendo lo que papá y mamá y todos siempre han esperado de ti. Te has convertido en un hombre ordenado. Tanto que nos divertimos con Doris y Sophía y Marie-José. Lástima.

No nos escribimos durante un año y medio. Mi vida no cambió para nada. La carrera se volvió un poco inútil, repetitiva. ¿Cómo te van a enseñar literatura? Una vez que me pusieron en contacto con algunas cosas, supe que me correspondía volar sola, leer y escribir y estudiar por mi cuenta, y sólo seguí asistiendo a clase por disciplina, porque tenía que terminar lo que había empezado. Se vuelve tan idiota y tan pedante que le sigan explicando a uno lo que ya sabe a base de esquemas y cuadros sintéticos. Es lo malo de ir por delante de los maestros, y ellos lo saben pero lo ocultan, para no quedarse sin chamba. Íbamos entrando al Romanticismo y yo ya estaba leyendo a Firbank y Rolfe, y hasta había descubierto a William Golding. Tenía un poco asustados a los profesores y mi única satisfacción en esa época eran los elogios en la Facultad: Claudia es una promesa. Me encerré cada vez más en mi cuarto, lo arreglé a mi gusto, ordené mis libros, colgué mis reproducciones, instalé mi tocadiscos y mamá se aburrió de pedirme que conociera muchachos y saliera a bailar. Me dejaron en paz. Cambié un poco mi guardarropa, de los estampados que tú conociste a la blusa blanca con falda oscura, al traje sastre, a lo que me hace sentirme un poco más seria, más severa, más alejada.

Parece que hemos llegado al aeropuerto. Giran las pantallas de radar y dejo de hablarte. El momento va a ser desagradable. Los pasajeros se remueven. Tomo mi bolsa de mano y mi estuche de maquillaje y mi abrigo. Me quedo sentada esperando que los demás bajen. Al fin, el chofer me dice:

—Nous voilà mademoiselle. L’avion part dans une demiheure.

No. Ese es el otro, el que va a Milán. Me acomodo el gorro de piel y desciendo. Hace un frío húmedo y la niebla ha ocultado las montañas. No llueve, pero el aire contiene millones de gotas quebradas e invisibles: las siento en el pelo. Me acaricio el pelo rubio y lacio. Entro al edificio y me dirijo a la oficina de la compañía. Digo mi nombre y el empleado asiente en silencio. Me pide que le siga. Caminamos por un largo corredor bien alumbrado y luego salimos a la tarde helada. Cruzamos un largo trecho de pavimento hasta llegar a una especie de hangar. Camino con los puños cerrados. El empleado no intenta conversar conmigo. Me precede, un poco ceremonioso. Entramos al depósito. Huele a madera húmeda, a paja y alquitrán. Hay muchos cajones dispuestos con orden, así como cilindros y hasta un perrito enjaulado que ladra. Tu caja está un poco escondida. El empleado me la muestra, inclinándose con respeto. Toco el filo del féretro y no hablo durante algunos minutos. El llanto se me queda en el vientre, pero es como si llorara. El empleado espera y cuando lo cree conveniente me muestra los distintos papeles que estuve tramitando durante los últimos días, los permisos y visto buenos de la policía, la salubridad, el consulado mexicano y la compañía de aviación. Me pide que firme de conformidad el documento final de embarque. Lo hago y él lame el reverso engomado de unas etiquetas y las pega sobre el resquicio del féretro. Lo sella. Vuelvo a tocar la tapa gris y regresamos al edificio central. El empleado murmura sus condolencias y se despide de mí.

Después de arreglar los documentos con la compañía y las autoridades suizas, subo al restaurant con mi pase entre los dedos y me siento y pido un café. Estoy sentada junto al ventanal y veo a los aviones aparecer y desaparecer por la pista. Se pierden en la niebla o salen de ella, pero el ruido de los motores los precede o queda detrás como una estela sonora. Me dan miedo. Sí, tú sabes que me dan un miedo horroroso y no quiero pensar en lo que será este viaje de regreso contigo, en pleno invierno, mostrando en cada aeropuerto los documentos con tu nombre y los permisos para que puedas pasar. Me traen el café y lo tomo sin azúcar; me sienta bien. No me tiembla la mano al beberlo.

Hace nueve semanas rasgué el sobre de tu primera carta en dieciocho meses y dejé caer la taza de café sobre el tapete. Me hinqué apresuradamente a limpiarlo con la falda y luego puse un disco, anduve por el cuarto mirando los lomos de los libros, cruzada de brazos; hasta leí unos versos, lentamente, acariciando las tapas del libro, segura de mí misma, lejos de tu carta desconocida y escondida dentro del sobre rasgado que yacía sobre un brazo del sillón.

     ¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas, 
     dulces y alegres cuando Dios quería! 
     Juntas estáis en la memoria mía 
     y con ella en mi muerte conjuradas.

“Claro que nos hemos peleado. Ella sale golpeando la puerta y yo casi lloro de la rabia. Trato de ocuparme pero no puedo y salgo a buscarla. Sé dónde está. En frente, en La Clémence, bebiendo y fumando nerviosamente. Bajo por la escalera rechinante y salgo a la plaza, y ella me mira de lejos y se hace la desentendida. Cruzo el jardín y subo al nivel más alto de Bourg-de-Four lentamente, con los dedos rozando la balaustrada de fierro; llego al café y me siento a su lado en una de las sillas de mimbre. Estamos sentados al aire libre; en el verano el café invade las aceras y se escucha la música del carrillón de St. Pierre. Claire habla con la mesera. Dicen idioteces sobre el clima con ese odioso sonsonete suizo. Espero a que Claire apague el cigarrillo en el cenicero y hago lo mismo para tocar sus dedos. Me mira. ¿Sabes cómo, Claudia? Como me mirabas tú, encaramada en las rocas de la playa, esperando que te salvara del ogro. Tenías que fingir que no sabías si yo venía a salvarte o a matarte en nombre de tu carcelero. Pero a veces no podías contener la risa y la ficción se venía abajo por un instante. El pleito empezó por un descuido mío. Me acusó de ser descuidado y de crearle un problema moral. ¿Qué íbamos a hacer? Si por lo menos yo tuviera una respuesta inmediata, pero no, simplemente me había enconchado, silencioso y huraño, y ni siquiera había huido de la situación para hacer algo inteligente. En la casa había libros y discos, pero yo me dediqué a resolver crucigramas en las revistas.

“—Tienes que decidirte, Juan Luis. Por favor.

“—Estoy pensando.

“—No seas tonto. No me refiero a eso. A todo. ¿Vamos a dedicarnos toda la vida a clasificar documentos de la onu? ¿O sólo estamos viviendo una etapa transitoria que nos permita ser algo más, algo que no sabemos todavía? Estoy dispuesta a cualquier cosa, Juan Luis, pero no puedo tomar decisiones yo sola. Dime si nuestra vida juntos y nuestro trabajo es sólo una aventura; estaré de acuerdo. Dime si las dos cosas son permanentes; también estaré de acuerdo. Pero ya no podemos actuar como si el trabajo fuera pasajero y el amor permanente, ni al revés, me entiendes?

“¿Cómo iba a explicarle, Claudia, que su problema me resulta incomprensible? Créeme, sentado allí en La Clémence, viendo pasar a los jóvenes en bicicleta, escuchando las risas y murmullos de los que nos rodeaban, con las campanas de la catedral repiqueteando su música, créeme, hermana, huí de todo ese mundo circundante, cerré los ojos y me hundí en mí mismo, afiné en mi propia oscuridad una inteligencia secreta en mi persona, adelgacé todos los hilos de mi sensibilidad para que al menor movimiento del alma los hiciese vibrar, tendí toda mi percepción, toda mi adivinanza, toda la trama del presente como un arco, para disparar al futuro y revelarlo, hiriéndolo. Esta flecha salió disparada y no había un blanco, Claudia, no había nada hacia adelante, y toda esa construcción interna y dolorosa —sentía las manos frías por el esfuerzo— se derrumbaba como una ciudad de arena al primer asalto de las olas; pero no para perderse, sino para regresar al océano de eso que llaman memoria; a la niñez, a los juegos, a nuestra playa, a una alegría y un calor que todo lo demás sólo trata de imitar, de prolongar, de confundir con proyectos de futuro y reproducir con sorpresas de presente. Sí, le dije que estaba bien; buscaríamos un apartamento más grande. Claire va a tener un niño.”

Ella misma me dirigía una carta con aquella letra que sólo había visto en la tarjeta postal de Montreux. “Sé lo importante que es usted para Juan Luis, cómo crecieron juntos y todo lo demás. Tengo muchos deseos de tratarla y sé que seremos buenas amigas. Créame que la conozco. Juan Luis habla tanto de usted que a veces hasta siento celos. Ojalá pueda venir a vernos algún día. Juan Luis ha hecho muy buena carrera y todos lo quieren mucho. Ginebra es chica, pero agradable. Nos hemos encariñado con la ciudad por los motivos que podrá adivinar y aquí haremos nuestra vida. Todavía podré trabajar varios meses; estoy sólo en el segundo mes del embarazo. Su hermana, Claire.”

Y del sobre cayó la nueva foto. Has engordado y me lo adviertes en el reverso: “Demasiado fondue, hermanita”. Y te estás quedando calvo, igual que papá. Y ella es muy hermosa, muy Botticelli, con su cabello largo y rubio y una boina muy coqueta. ¿Te has vuelto loco, Juan Luis? Eras un joven hermoso cuando saliste de México. Mírate. ¿Te has visto? Cuida la dieta. Sólo tienes veintisiete años y pareces de cuarenta. ¿Y qué lees, Juan Luis, qué te preocupa? ¿Los crucigramas? No puedes traicionarte, por favor, sabes que yo dependo de ti, de que tú crezcas conmigo; no te puedes quedar atrás. Prometiste que ibas a seguir estudiando allá; se lo dijiste a papá. Te está cansando el trabajo de rutina. Sólo tienes ganas de llegar a tu apartamento y leer el periódico y quitarte los zapatos. ¿No es cierto? No lo dices, pero yo sé que es cierto. No te arruines, por favor. Yo he seguido fiel. Yo mantengo viva nuestra niñez. No me importa que estés lejos. Pero tenemos que seguir unidos en lo que importa; no podemos conceder nada a lo que nos exige ser otra cosa, ¿recuerdas?, fuera del amor y la inteligencia y la juventud y el silencio. Quieren deformarnos, hacernos como ellos; no nos toleran. No sirvas, Juan Luis, te lo ruego, no olvides lo que me dijiste aquella tarde en el café de Mascarones. Una vez que se da el primer paso en esa dirección, todo está perdido; no hay regreso. Tuve que enseñarle tu carta a nuestros padres. Mamá se puso muy mala. La presión. Está en Cardiología. Espero no darte una mala noticia en mi siguiente. Pienso en ti, te recuerdo, sé que no me fallarás. 

Llegaron dos cartas. Primero la que me dirigiste, diciéndome que Claire había abortado. Luego la que le enviaste a mamá, anunciando que ibas a casarte con Claire dentro de un mes. Esperabas que todos pudiéramos ir a la boda. Le pedí a mamá que me dejara guardar su carta junto con las mías. Las puse al lado y estudié tu letra para saber si las dos estaban escritas por la misma persona.

Fue una decisión rápida, Claudia. Le dije que era prematuro. Somos jóvenes y tenemos derecho a vivir sin responsabilidades por algún tiempo, Claire dijo que estaba bien. No sé si comprendió todo lo que le dije. Pero tú sí, ¿verdad?”

“Quiero a esta muchacha, lo sé. Ha sido buena y comprensiva conmigo y a veces hasta la he hecho sufrir; ustedes no se avergonzarán de que quiera compensarla. Su padre es viudo; es ingeniero y vive en Neuchâtel. Ya está de acuerdo y vendrá a la boda. Ojalá qué tú, papá y Claudia puedan acompañarnos. Cuando conozcas a Claire la querrás tanto como yo, mamá.” 

Tres semanas después Claire se suicidó. Nos llamó por teléfono uno de tus compañeros de trabajo; dijo que una tarde ella pidió permiso para salir de la oficina; le dolía la cabeza; entró a un cine temprano y tú la buscaste esa noche, como siempre, en el apartamento, la esperaste y luego te lanzaste por la ciudad, pero no la pudiste encontrar; estaba muerta en el cine, había tomado el veronal antes de entrar y se había sentado sola en primera fila, donde nadie podía molestarla; llamaste a Neuchâtel, volviste a recorrer las calles, los restaurants y te sentaste en La Clémence hasta que cerraron. Sólo al día siguiente te llamaron de la morgue y fuiste a verla. Tu amigo nos dijo que debíamos ir por ti, obligarte a regresar a México: estabas enloquecido de dolor. Yo le dije la verdad a nuestros padres. Les enseñé la última carta tuya. Ellos se quedaron callados y luego papá dijo que no te admitiría más en la casa. Gritó que eras un criminal.

Termino el café y un empleado señala hacia donde estoy sentada. El hombre alto, con las solapas del abrigo levantadas, asiente y camina hacia mí. Es la primera vez que veo ese rostro tostado, de ojos azules y pelo blanco. Me pide permiso para sentarse y me pregunta si soy tu hermana. Le digo que sí. Dice que es el padre de Claire. No me da la mano. Le pregunto si quiere tomar un café. Niega con la cabeza y saca una cajetilla de cigarros de la bolsa del abrigo. Me ofrece uno. Le digo que no fumo. Trata de sonreír y yo me pongo los anteojos negros. Vuelve a meter la mano a la bolsa y saca un papel. Lo coloca, doblado, sobre la mesa.

—Le he traído esta carta.

Trato de interrogarlo con las cejas levantadas.

—Tiene su firma. Está dirigida a mi hija. Estaba sobre la almohada de Juan Luis la mañana que lo encontraron muerto en el apartamento.

—Ah, sí. Me pregunté qué habría sido de la carta. La busqué por todas partes.

—Sí, pensé que le gustaría conservarla. —Ahora sonríe como si ya me conociera—. Es usted muy cínica. No se preocupe. ¿Para qué? Ya nada tiene remedio.

Se levanta sin despedirse. Los ojos azules me miran con tristeza y compasión. Trato de sonreír y recojo la carta. El altoparlante:

—...le départ de son vol numéro 707... Paris, Gander, New York et México... priés de se rendre à la porte numéro 5.

Tomo mis cosas, me arreglo la boina y bajo a la puerta de salida. Llevo la bolsa y el estuche en las manos y el pase entre los dedos, pero logro, entre la puerta y la escalerilla del avión, romper la carta y arrojar los pedazos al viento frío, a la niebla que quizá los lleve hasta el lago donde te zambullías, Juan Luis, en busca de un espejismo.